Crítica Super Mario Odyssey

Super Mario Odyssey… famosa y característica bandera que marcaba el final de los niveles en los Marios más clásicos. Así, poniendo su propia marca, nos induce no solo a jugar sino a entender el concepto de exploración desde su propio núcleo: la búsqueda. Tendremos que realizar esa actividad si queremos avanzar en el juego, tal como haría un perro trufero, poniendo todo nuestro interés en escarbar, saltar, agacharnos, escondernos, subir, trepar o volar para encontrar las energilunas.

Éstas funcionarán a modo de combustible de un medio de transporte que hace referencia a una odisea moderna donde nosotros seremos un Ulises que recorre su aventura para encontrar a su Penélope particular, nuestra Peach, que es secuestrada por un Bowser con un peinado a lo Backstreet Boys.

En este título se ha trabajado con ahínco en el modo en que obtenemos nuestras propias recompensas. No es de extrañar que si echas una partida de unos 15-20 minutos puedas encontrar casi media docena de energilunas, porque hay tantas maneras de obtenerlas como de sentirse satisfecho con su búsqueda. La experiencia de juego es altamente adictiva y dan ganas de probar todas las maneras posibles para obtener esa energiluna que tanto nos está costando.

Super Mario OdysseyHay puzles de todo tipo: desde las famosas tuberías 2D donde encontraremos la versión más nostálgica de Mario, hasta niveles hechos de plataformas de colores que nos permitirán retarnos a nosotros mismos. Si no encontramos alguna energiluna, siempre podremos recurrir al Toad que se situará al lado del compañero que nos ayuda activar los Amiibos. Nos ahorramos el número de energilunas que hay alrededor de los distintos mundos para que estas sean una sorpresa (son muchas más de las que te imaginas en un primer momento). En Super Mario Odyssey nos encontraremos en un viaje perpetuo, lo que forma parte de su magia.

Esta nueva entrega parece explorar temas que no pueden parecer tan profundos, a primera vista, como es el turismo. Mario deambula de un sitio a otro con la idea en mente de encontrar sus energilunas pero se olvida de lo principal: está despidiéndose con cada una que encuentra. Su despedida no es a lo grande, pero sí que permite pensar en si no es el turismo un poco como la odisea que emprende Mario: una actividad temporal que nos deja con regustos amargos sobre la experiencia tan buena que estamos viviendo. Llegamos y volvemos a ilusionarnos con un nuevo ambiente, para poco después, volver a nuestra casa y rutina y así una y otra vez. Sin embargo, al igual que ocurre con unas merecidas vacaciones, llegamos a ellas con la ilusión de no madrugar durante unos días y, sobre todo, conociendo otros entornos, más allá de nuestras conocidas cuatro paredes.

Un debate también profundo es la dificultad. Quizá sepas por otros análisis que ha habido un gran debate abierto acerca de este elemento dentro del título. Se ha considerado que el juego cuenta con una escasa dificultad, que más que un handicap es una ventaja, ya que, lo hace más accesible que el nuevo Zelda y también más disfrutable. De nuevo, si quieres probar tu propia habilidad no hay nada más retador que los niveles que son exclusivamente de plataformas para hacerte una idea de cuán difícil se puede poner el asunto.

La dificultad me ha ayudado a comprender, en otro ámbito, mi relación con el juego. Con Super Mario Odyssey he descubierto que lo que realmente acaba importando en un videojuego es sentir que el producto que tienes ante ti, es altamente satisfactorio. Cosas como la historia o la banda sonora son el complemento ideal para enmarcar el viaje de un Mario que se encuentra incluso con sus versiones más nostálgicas dentro del juego. También veremos en el título a compañeros y elementos del universo de aquellos tiempos.

Super Mario Odyssey

En un principio afronté el juego como una despedida. Me daba la sensación de que los creadores habían querido poner punto final a la saga intentando revisitar todo lo concerniente a Mario y su universo. Sin embargo, también han sabido demostrar que esto puede ser el punto de partida de una nueva vida para la saga, que ha tenido que superar la llegada de una nueva plataforma como es Switch. A pesar de que conocemos que tendremos más títulos de la saga conforme avancen los años e incluso las décadas, en este título se ha querido ofrecer un guiño a lo que fue sin dejar de mirar al futuro. Con Switch en nuestras manos se ha sabido dar una nueva cara a Mario, ya sea agitando los mandos para poder trepar más rápidamente, o utilizando el modo de dos jugadores, que ofrece más posibilidades gestuales de las que nos brinda el de un solo jugador.

Ese último «problema» me sorprendió a mal, dado que había jugado tan solo con el modo de dos jugadores. Eso provocó que cuando quise embarcarme en la aventura yo sola, me viera con menos posibilidades, sobre todo con Cappy, que quedaba limitada a solo algunos movimientos. Este nuevo personaje ha sido el eje principal de la mecánica del juego. Créeme, me he visto intentando lanzar una gorra invisible al rejugar a The Last of Us (Naughty Dog, 2013) sin sentir vergüenza al respecto. Aunque lo más seguro es que ese compañero no estará en los próximos juegos de la saga, hubiese sido imposible alcanzar esa gran variedad de movimientos y situaciones si solo contásemos con el protagonista. No hay que olvidar que la posesión que Cappy realiza al resto de seres dentro de cada mundo es la premisa general del juego.

Super Mario Odyssey


Cofundadora de Ludum Post. Autora del ensayo La disonancia ludonarrativa en los videojuegos. Escritora empedernida.


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