La forma del agua - Películas de Oscar (y no tanto)

Este artículo desvela escenas y detalles importantes de las tramas de La Forma del Agua, Lady Bird y Tres anuncios en las afueras. 


A lo largo de la madrugada española del 5 de marzo se retransmitieron, por nonagésima vez, los Oscar, esos «Premios de la Academia al Mérito» desde EE.UU. Una ceremonia que diría que más de la mitad de la población ya intuye como suele ir por lo que hemos aprendido a lo largo de las décadas: la película que se corona sin merecerlo, el reconocimiento de un director algo olvidado y que puede dar la sorpresa y miles de estatuillas que caen en una sola cinta, dejando al resto detrás de las cámaras y los premios.

Durante la temporada pre-Oscar de este 2018 he tenido el placer de ir viendo, poco a poco, muchas de las producciones candidatas que me gustaría desgranar en profundidad a través de este artículo. Espero que seáis tan cinéfilos como yo porque ¡allá vamos!

En primer lugar, querría hablar sobre La forma del agua (Guillermo del Toro, 2018). El cineasta mexicano se hizo famosísimo por El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006) y es de aquel largometraje del que recoge la inspiración para la estética de este film, que a pesar de estar ambientado en los años cincuenta-sesenta, está enfrascado por la fantasía que el director suele meter a sus mundos y personajes, sean de este planeta o no.

Fue raro para mí ver que el personaje hombre-anfibio del que se enamora el personaje de la actriz Sally Hawkins está metido en un laboratorio y no en un zoológico o un acuario. Ambos se conocen mientras la protagonista limpia y se encuentra con el espécimen. La curiosidad por compartir un lenguaje secreto (ella es muda y él puede comunicarse solo con sonidos) hacía de su relación algo más tierno y romántico que estrechamente sexual.

La película tiene muchos momentos ambivalentes: desde un humor algo pícaro de más, hasta escenas de baile forzadas (desde el claqué del comienzo hasta el baile a lo La La Land (Damien Chazelle, 2017) entre Eliza y el hombre-anfibio). También es de destacar la relación que mantiene la protagonista con su vecino (que no su padre), así como el buen uso de los subtítulos para narrar las conversaciones que se dan entre ambos, aunque eso tuviera también su aquel, dado que se diseñaron algunas escenas para que el falso padre hablara en voz alta lo que ella decía con signos.

La chica encarnada por Sally Hawkins también me pareció más adolescente de lo que la obra pedía: un amor con alguien que no sabemos si es siquiera de este planeta es ya suficientemente extraño, pero a ello se le suma cierta posición de chulería que chirriaba de más. De la misma forma, la interpretación de Michael Shannon o de Octavia Spencer, aun siendo los dos grandes actores, no muestra su mejor faceta. Es verdad que el primero puede llegar a asustar, pero su evolución está llena de altibajos; de repente estaba serio y autoritario y a la escena siguiente se le ve, de forma algo cómica, manteniendo relaciones sexuales con su mujer. El personaje de Octavia Spencer, compañera del puesto de limpieza de la protagonista, me dio la sensación de ser un personaje que se le quedaba corto a la actriz, que además suele estar encajonada en este tipo de perfil. Guillermo del Toro no se rascó mucho la cabeza en la elección de un casting que parecía casi automático. Y al final, la frase inicial del film lo dice todo:

«Una princesa sin voz. Un amor más allá de las palabras. Y el monstruo que intentó destruirlo todo».

Línea separadora para las citaciones.

En los primeros dos minutos se sabe que la princesa es Eliza, que el amor es el que ella siente por el monstruo y que el monstruo metafórico de la frase es Michael Shannon. La previsibilidad hace que el largometraje discurra por escenas faltas de conflicto, con una banda sonora no exprimida a pesar de ser una de las mejores de este año y con la continua sensación de si es verdaderamente merecedor de trece nominaciones (traducidas en cuatro victorias finalmente) a los Oscar.


La siguiente cinta es Lady Bird (Greta Gerwig, 2018). Dirigida por Greta Gerwig, es una oda a su propia historia y se nota el toque autobiográfico que le quiso dar a través del personaje de Saoirse Ronan. No podremos olvidarnos de la dicotomía identitaria de esta protagonista que parece renunciar a su relación parental, quitándose el «Christine» y cambiándolo por un «Lady Bird» que, de primeras, y viendo el cartel de la película, puede parecer una hipsterada como en su día lo fue Frances Ha (Noah Baumbach, 2014).

Sin embargo, no resulta insoportable. La cinta discurre más allá del egocentrismo de la directora y la protagonista puede resultarte tanto triste como niñata de más. Y tiene sentido, dado que el conflicto que la atormenta es ser escritora en Nueva York, un sueño que puede parecer menor en comparación a los problemas cotidianos actuales y que es síntoma de la idealización, tanto del sueño americano como de una aspiración al elitismo fomentado por las universidades, academias y colegios privados.

Comparo este pensamiento con el de una generación que venía antes de la crisis de 2008, cercana a morir en su propio sueño. Actualmente cogemos cualquier oportunidad con miras a si tendrá una labor práctica en el futuro. Sin embargo, en aquella época aún había un deje de poder ser lo que quisiéramos, sin tener en cuenta las barreras políticas, sociales y económicas que vendrían tras la crisis.  

La protagonista llega a Nueva York y llora y se emborracha. Se siente lejana a todo núcleo o enlace de familiaridad, empieza a añorar el pasado. Ahora ya es tarde para volver con tu amiga o con tu familia. Porque estás en la otra punta del país y los sueños, sueños son. Mientras que la cinta se deja los cuernos enseñándonos lo bien que canta y baila la protagonista, apenas conocemos de su talento como escritora. Y eso parece percibirlo ella misma, que nada más llegar a Nueva York deambula y siente que ese no es su sitio. Lady Bird vuelve a ser Christine demasiado tarde, cuando su madre ha vuelto al trabajo tras no poder despedirse de ella y cuando su madurez no puede ser la recompensa de una paternidad que lo dio todo a cambio de nada.


Última candidata y no por ello menos importante: Tres anuncios en las afueras (Martin McDonagh, 2018). Este filme fue complicado de ver, no tanto porque una cadena de cines intentó boicoteármela no emitiéndola en su horario (teniendo que reclamar y yendo un mes después con el dinero reembolsado) sino por la trama y los temas tan arduos que representa.

La película se ambienta dentro de un mundo rodeado de mal y ni los dioses ni las autoridades son capaces de pararlo. Mildred (interpretada por Frances McDormand) hace frente a esta situación impartiendo la justicia con su propia mano, dejando al espectador patidifuso. Esta mujer me enterneció muchísimo a pesar de su odio, su rabia y su rencor infinito. No es de extrañar que haya conseguido el Oscar a mejor actriz con esta cinta que le ha dado el protagonismo necesario y una merecida recompensa a una trayectoria intachable.

A través de un mono azul, como los de albañilería, intenta trabajar en el caso de su hija. Pone tres anuncios a las afueras: «Violada mientras moría», «¿Y aún no hay detenciones?», «¿Cómo es posible, Sheriff Willoughby?». Esas tres frases son las que se graban a fuego y hacen de eje durante la historia.

Tres anuncios en las afueras habla de una sensación impertérrita de no tener a quien acudir, vilipendiando a todos los sectores, desde la policía a la Iglesia. Lo vemos en la escena donde el hijo de Mildred recoge con afecto a uno de los representantes eclesiásticos de Ebbing y cómo Mildred responde insultándolo y echándolo de su casa sin que le tiemble la mano. Y la policía también obtiene la respuesta propia de esta mujer, al poner los anuncios y quemar la comisaría, dando un puñetazo en la pared para que hagan algo ante el caso de su hija.

No es fácil de manejar la rabia contenida, ni tampoco es la respuesta más adecuada, por ello está obra está perfectamente enmarcada dentro del siglo XXI actual, donde parece que no confiamos ni en nuestros propios familiares. Una era de vecinos que golpean sin impunidad a sus seres más queridos, de convocatorias selectivas donde solo entrarán aquellos que ya trabajan dentro del organismo que las organiza y de seres humanos tratados con degradación y humillación, siendo abandonados por sus seres más cercanos en residencias públicas para la tercera edad.

Cada uno tiene su propia venganza personal ante un caso sin abrir o que nunca se llegó a cerrar, y este film puede ser un buen catalizador para descubrir que todos tenemos una Mildred dentro, protagonista de una de las mejores escenas que he visto del cine desde que tengo memoria. La escena de la que hablo discurre cuando la mujer se sienta, deja flores en el mismo lugar donde su hija falleció y ante la aparición de un ciervo en la zona, habla lo siguiente:

«Hola cariño. Sí, todavía no hay detenciones. ¿Qué cómo puede ser? Porque no hay ningún Dios y el mundo está vacío y ¿no importa lo que nos hagamos? Oh, espero que no. ¿Cómo has llegado aquí de la nada, tan bonita? ¿No me estarás haciendo creer en la reencarnación o algo, verdad? Bueno, eres muy bonita, pero no eres ella. La mataron, y ahora estará muerta para siempre. Te agradezco que hayas venido, de todas maneras. Si tuviera alguna comida te la daría, pero solo tengo unos Doritos y me da miedo que te puedan matar, porque son un poco puntiagudos. ¿Entonces, dónde estaríamos?»

Línea separadora para las citaciones.

Lloré como una cría en esta y otra escena, y tan solo cinco minutos después de ello, sabes que esta es la merecedora del título a mejor película del año. Pero ya conocemos como son estas ceremonias, hemos visto injusticias que nos recordarán a la ocurrida con Mildred. Sin embargo, tal como ella tiene una justicia interior que la hace ir hacia adelante, esta obra debía haber ganado por justicia poética. Porque en estos tiempos nuestros, era necesario destacar una historia que habla sobre la inseguridad de un mundo totalmente deshumanizado.  


Cofundadora de Ludum Post, me has podido leer en Akihabara Blues, en Warclimb, en Terebi Magazine o puntualmente en Presura. Amante del mundo de los videojuegos y de su industria, también siento pasión por la escritura, lo que ha provocado que incluso tenga ensayos y novelas pendientes en el disco duro.


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