Fortnite Battle Royale: un nuevo mundo

Fortnite Battle Royale: un nuevo mundo


La llegada de Fortnite Battle Royale (Epic Games, 2017) a nuestras vidas ha supuesto una revolución como solo antes habían logrado The Sims (Maxis, The Sims Studios, 2000-2018), Minecraft (Mojang AB, 2009) o PlayerUnknown´s Battlegrounds (Bluehole, 2017), siendo este último el principal detonante y el gran exponente del ya archiconocido género battle royale hasta la llegada del videojuego de Epic Games. Ahora mismo, el título ha asentado sus bases y parece continuar por un trayecto estable, generando un gran número de beneficios, ya no solo para la desarrolladora, sino también para toda una oleada de youtubers que dejan atrás otro tipo de contenidos a priori más trabajados, como los blogs de viajes o de rutina diaria (los comúnmente conocidos como daily blogs) para garantizar una buena cantidad de visitas regulares y monopolizando sus propios canales a la orden del fenómeno del momento.

Durante estos tres pasados meses en los que he estado jugando a Fortnite Battle Royale, he intentado dilucidar qué es lo que más me atrae del juego. ¿Serán los vivos colores de una estética que clama hacia un público más joven que PUBG? ¿O es su forma frenética y compulsiva de jugar lo que me hace querer intentarlo «una vez más»? Esta claro que existe un componente adictivo en la obra y su fórmula, todo está destinado a ese fin. Desde la forma de construir, rápida, sin margen para pensar demasiado pero al mismo tiempo necesaria para poder ganar y tener alguna ventaja contra el contrincante, hasta el uso de metáforas sobre comida rápida que los espectadores (no olvidemos la gran cantidad de personas que, siguiendo a uno de esos youtubers y al fenómeno, ven partidas de Fortnite Battle Royale pero no lo juegan) y por supuesto, los jugadores, consumimos más de lo que queremos aceptar.

También es fácil ver cierto toque de ironía dentro del mapa: «Caserío Colesterol» o «Pueblo Tomate» son referencias a este estilo de vida. Pero no se queda ahí la cosa, ya que podemos observar campos de fútbol patrocinados por una marca ficticia de hamburguesas, y el mencionado «Pueblo Tomate» tiene como local central una pizzería. Si juntamos todo esto con la audiencia de Fortnite Battle Royale, puede darse una combinación explosiva: me descubrí a mí misma comiendo pizza mientras jugaba y pensando en esos tipos de comida entre partida y partida. Es inevitable y no es la primera vez que un videojuego y la comida rápida han ido de la mano: era atractivo pasarse por uno de los establecimientos de comida de GTA IV (Rockstar North, 2008), donde solo podíamos comer las mencionadas pizzas, pollo frito, hamburguesas o perritos calientes en puestos callejeros. Sin embargo, no había un restaurante como tal, no se podía comer bien. No se ofrecían las mismas posibilidades que, por ejemplo, en Yakuza 0 (Sega, 2015), donde sí podemos entrar en algún que otro restaurante y pedir platos más saludables. Quizá esto se deba a una visión occidental de lo que para la gente joven supone comer. Cuando éramos pequeños, nuestros platos favoritos eran la pizza, la hamburguesa o similares. Cuando nuestros padres nos ofrecían esa opción, se nos iluminaba la cara, la saliva empezaba a correr por nuestra boca y nos imaginábamos con los juguetes que las cadenas de comida rápida regalaban como recompensa, algo que garantizaba aun más el que insistiéramos a nuestros padres con la idea volver de nuevo a esos lugares.

Me gustaría poner un ejemplo concreto del cine. En Solo en casa (Chris Columbus, 1990) podíamos ver como un niño pequeño se defendía del hambre solo a base de comida rápida, y como la visión global de que aquello era dañino no se ha llegado a tener casi hasta la actualidad. Ahora los niños son más propensos a recibir una educación nutricional mucho más amplia. Tenemos un mayor conocimiento de ello, y además, contamos con la ayuda, consejo y advertencia de las instituciones que ante la falta de ejercicio y el consumo excesivo de estos productos han visto necesario incluir mensajes como «recuerda hacer 30 minutos de ejercicio todos los días» en los anuncios publicitarios de las marcas alimenticias. Y aunque contamos con todo ello para, por ejemplo, enfrentar la obesidad infantil, Fortnite Battle Royale parece lanzar un mensaje contradictorio: por un lado, nombra irónicamente ciertos lugares haciendo mención al colesterol que produce en nuestro organismo la ingesta de comida rápida y por otro, mantiene como patrocinadora de un campo de fútbol a una marca ficticia de hamburguesas y solo tiene un par de «restaurantes» (una pizzería y una hamburguesería) en todo el mapeado. Es algo que me sorprendió desde el principio, pues los creadores parecen ser conscientes de todo ello, pero siguen aprovechando la estética de estas cadenas y marcas para atraer a todo tipo de jugadores.

La otra parte de Fortnite Battle Royale de la que quiero hablar es del frenesí de su jugabilidad. Aquí tienes que ser rápido, no tienes que pensar. No da tiempo. Igual que no es posible practicar fuera de las propias partidas, con lo que cada enfrentamiento es un «ahora o nunca», unido a un obtuso sistema de construcción (totalmente necesario para salir victorioso). Fortnite Battle Royale no es injusto de salida: todos tenemos las mismas posibilidades y los mismos recursos, y a pesar de que el emparejamiento en las partidas no es por niveles y eso lleva a algunos desequilibrios entre las habilidades de las distintas personas, es lógico pensar que este juego no es injusto. Pero es frenético y demasiado rápido.

¿Has jugado y ganado mucho en Fortnite Battle Royale? ¿Has conseguido ser el último hombre o mujer en pie muchas veces? Mi más sincera enhorabuena, podrías decirme el truco porque hasta ahora mi mejor puesto ha sido el segundo lugar. Y sé lo que pensará mucha gente al leer este artículo de opinión: «Esta escritora habla mal del juego porque no ha podido ganar nunca», pero, todo lo contrario, hablo negativamente de ciertos aspectos porque me parece que transmite unos valores o lleva a cabo unas prácticas que no deberían reproducirse en el futuro, como es la falta de un modo entrenamiento o práctica, un emparejamiento desigual o un sistema de construcción muy confuso. No digo que deba ralentizarse el ritmo del juego para que mis dedos inútiles tengan más tiempo, pero si nos fijamos en el público objetivo del juego (gente joven y niños), en las alusiones a la comida rápida y en una jugabilidad basada en las prisas y el frenesí, es fácil ver como la adicción a Fortnite está a la vuelta de la esquina. La única forma de mejorar es jugando mucho. Muchas horas. Pasando mucho tiempo pendiente y en tensión por esa mínima posibilidad de ganar una partida, donde solo los quince o veinte segundos que dura un enfrentamiento son los importantes. Se nutre de eso, y por ello jamás habrá un modo práctica. Quiere mantener a los jugadores enganchados y hacer que vuelvan y evolucionen a través de la frustración. El juego de Epic actúa como una tragaperras, por la que echas partida tras partida hasta tener la mínima posibilidad de ganar.

Y es injusto y hasta cierto punto absurdo pensar que me satisface más una partida en la que he quedado en octavo lugar que cuando termino en el trigesimotercer puesto. Pero es a lo que te aferras para no pensar que has vuelto a perder el tiempo, que has vuelto a caer en la vorágine de una estética atractiva, de una moda que inunda las redes sociales, de un deseo de no quedarte atrás. Tengo veinticinco años y es la primera vez que me he sentido vieja ante una obra que parece solo buscar la hiperactividad de sus jugadores, que no compensa nada a largo plazo, que solo es un ahora y un más, más y más. Fortnite Battle Royale deja atrás a los jugadores pausados e incentiva aquello que puede llevar a la adicción. No cuida las percepciones de sus jugadores, sabiendo que son jóvenes, y apoya que cada vez que pierdan, se sientan frustrados, únicamente manteniendo la ilusión por jugar ese duelo de unos segundos donde de verdad, puedan ser por fin, ganadores.


Cofundadora de Ludum Post, me has podido leer en Akihabara Blues, en Warclimb, en Terebi Magazine o puntualmente en Presura. Amante del mundo de los videojuegos y de su industria, también siento pasión por la escritura, lo que ha provocado que incluso tenga ensayos y novelas pendientes en el disco duro.


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